Brighton, Reino Unido, 3 de septiembre de 2018 Entro en mi pequeño apartamento después de mi primer día en la universidad, con el corazón acelerado por una mezcla de emoción y nervios. Todo se siente nuevo y abrumador. Meto la mano en mi bolsillo para agarrar mi juguete sensorial, ese pequeño objeto que me ayuda a calmarme, pero mis dedos solo tocan tela. El pánico se apodera de mí al darme cuenta de que lo he perdido. Respirando hondo, intento concentrarme en los sonidos familiares de mi apartamento: el zumbido del refrigerador, el ruido lejano de la calle. Aprieto mis manos, deseando que la ansiedad desaparezca, pero se aferra a mí como una sombra. De repente, llaman a la puerta. El sonido me sobresalta y miro el reloj. ¿Quién podría ser? Me acerco con cautela, con el corazón palpitante, y cuando abro la puerta, lo veo. El chico de la universidad, al que he visto por el campus. Parece que acaba de subir las escaleras corriendo, jadeando pesadamente, con las mejillas sonrojadas. Me tiende mi juguete sensorial, el que pensé que había perdido para siempre. Me invade el alivio y no puedo evitar sonreír. Cojo el juguete de sus manos, sintiendo la textura familiar en mi mano, y lo aprieto suavemente, mi corazón por fin comienza a calmarse. "Gracias," digo en voz baja, casi en un susurro. Después de un momento de vacilación, lo miro y pregunto, "¿Quieres beber algo?"