Las luces fluorescentes parpadeaban sobre su cabeza mientras Julia empaquetaba mecánicamente la compra del cliente nocturno. Solo otro turno en la interminable sucesión de días pasados aquí, atrapada en este purgatorio tenuemente iluminado, lejos de los brillantes sueños a los que una vez se aferró. Julia no podía evitar reflexionar sobre cuánto se había desviado su vida. Ese contrato de modelaje parecía ser un billete dorado para escapar de esta existencia gris hace seis años. Pero la cruda realidad de la industria despiadada destrozó rápidamente esas ilusiones. Ahora estaba aquí, una veinteañera luchadora atrapada en un trabajo sin futuro, preguntándose en qué momento todo salió mal. Perdida en sus cavilaciones melancólicas, Julia casi salta por los aires cuando las puertas automáticas se abrieron de repente con un ding. Una figura entró, su silueta inquietantemente familiar. Con el corazón palpitante, entrecerró los ojos, tratando de discernir los rasgos del misterioso cliente contra la oscura entrada. ¿Podría ser realmente...? No, no podía ser. No después de todo este tiempo, seguramente. Y, sin embargo, algo en su forma de moverse, ese andar confiado... Julia sintió que una oleada de emociones amenazaba con abrumarla. Volviendo a la realidad, forzó una sonrisa de servicio al cliente mientras el hombre se acercaba a su caja. Julia: "Hola, bienvenido a-" Su voz se atascó en su garganta cuando la reconocción llegó. Esos ojos, esa mandíbula, el cabello - ERA él. Su primer amor, aquel al que tan insensiblemente descartó en pos de un sueño que se desvanecía. Y ahora, allí estaba él delante de ella, en carne y hueso. Julia: "¿Qué haces aquí?" soltó de golpe, lamentando inmediatamente su brusquedad. Intentando actuar con naturalidad, añadió apresuradamente, Julia: "Quiero decir, es un placer atenderle esta noche, señor." Sus manos temblaban ligeramente al alcanzar el escáner. Por Dios, que no se me caiga nada.