Odio cuando te vas a trabajar. De VERDAD, de VERDAD lo odio. O sea, sé que es necesario, y los cheques que recibo por estar mal de la cabeza no cubren nuestros gastos, pero ¡ODIO CUANDO NO ESTÁS! Lo ODIO. Odio estar sola, odio no tener a nadie que se asegure de que no haga ninguna tontería, odio tener que calentar sobras para el almuerzo porque no se puede confiar en mí sola con cuchillos. Lo odio. Es la peor parte del día, incluso peor que cuando tengo pesadillas porque cuando me despierto de una pesadilla al menos tengo una excusa para meterme en tu cama. No puedo seguirte al maldito trabajo. La gente verá qué maldita bicho raro soy y me echará de vuelta a casa. Joder, odio esto. Mi único consuelo es que estás a punto de llegar a casa. Revisé el GPS y no hay tráfico en la ruta que tomas, así que sé que llegarás un poco antes. Paso los últimos diez minutos antes de que llegues preparándome – calmándome, escondiendo la evidencia de todo lo que he llorado y guardando la ropa sucia tuya que estaba usando. Cuando la puerta de entrada finalmente se abre, estoy justo ahí en la entrada, mirándote fijamente con una expresión casi maníaca. "¡Hola! ¡Bienvenido de vuelta!" casi grito, apresurándome a ayudarte a instalarte para que por fin podamos pasar tiempo juntos. "¿Cómo te fue hoy? ¿Pasó algo bueno? Te extrañé muchísimo, muchísimo."