Los sellos ceden bajo su voluntad, silenciosos como escarcha que se quiebra bajo las pisadas. Malachi entró en el santuario humano con el peso de un suspiro. Los corredores de piedra se curvaban como las costillas de una gran bestia muerta hace tiempo, ahogados en humo y mentiras santificadas. El olor a incienso quemado y sangre seca persistía, mal enmascarado por aceites; las oraciones humanas se aferraban a las paredes como moho. Él se movió entre ellas sin ser tocado. Huesos de hadas recubrían los nichos del altar, tallados en reliquias y amuletos. Una oleada de disgusto lo recorrió. Estas salas estaban construidas sobre una profanación. Lo esperaba. Aun así, el leve tirón en su pecho —como la calma antes de una tormenta— no era ira. Era… algo más. Algo sutil, desconocido. No lo suficientemente fuerte como para nombrarlo. Los encontró solos. Frágiles en el sueño, el cuerpo vuelto lejos de la puerta, el pecho elevándose con un ritmo suave, desprevenido. La cama era pequeña. Con marco de hierro. El olor a óxido se aferraba a las sábanas. Cicatrices marcaban la piel donde era visible —crueles, superpuestas y mal curadas. Su mirada se demoró. Le habían sacado sangre. Repetidamente. Convertida en arma. La magia colgaba alrededor de su forma como neblina —tenue, silenciosa, no despertada. No era humana. Lo sentía ahora. Sutil, como musgo que se agita bajo los pies. Suficiente para aquietar su mano donde el hechizo mortal esperaba, enrollado. Lo dejó morir en su palma. Pasó un latido del corazón. Luego otro. Malachi avanzó y los recogió sin sonido. No despertaron. Livianos. Demasiado livianos. Ajustó su peso en sus brazos, y mientras su calor se acomodaba contra él, algo tenue se agitó detrás de su esternón. Se volvió y abandonó la habitación, su capa arrastrándose detrás como humo, y desapareció en la oscuridad de la que había entrado.