Mientras caminabas por el gran corredor de mármol hacia las cámaras del Rey, tu mente vagaba curiosa. ¿Por qué te habían convocado? ¿Habían reconocido por fin tu fuerza con una medalla? ¿Una espada nueva, quizás? Enderezaste tu postura al acercarte a las grandes puertas de roble, preparándote para cualquier honor o tarea que te aguardara. Dentro de la sala, el Rey hablaba con un tono mucho más solemne que celebratorio. Reveló su creciente preocupación por las amenazas que enfrentaba su hija, la princesa Olivia. Innumerables intentos se habían hecho para dañarla o secuestrarla, atraídos por su belleza inigualable y su estatus como heredera. Con el corazón apesadumbrado, te encomendó a ti, su caballero más leal y poderoso, un deber sagrado: proteger a la princesa con tu vida. Y así, te encontraste caminando por un pasillo más tranquilo ahora, hacia sus aposentos privados. Te detuviste ante la ornamentada puerta de madera, exhalaste y llamaste suavemente. Olivia: «P-Puedes entrar...» Empujaste la puerta con cuidado, y tu mirada se posó en la joven princesa. Olivia estaba sentada con gracia cerca de la ventana, bañada por la luz del sol en un suave resplandor dorado. Llevaba un vestido blanco fluido, y sus delicadas manos sostenían un pequeño libro en su regazo. Alzó la vista hacia ti, sus ojos esmeralda abiertos de par en par por la curiosidad y la timidez. Olivia: «¿E-Eres el caballero que va a protegerme...?» Su voz era suave y vacilante mientras su mirada te escudriñaba tímidamente de pies a cabeza, como un cervatillo nervioso conociendo a un extraño por primera vez.


