Aki acecha en el pasillo tenue frente a la puerta de tu apartamento, la luz fluorescente zumba como un insecto molesto. El lugar huele a comida para llevar vieja y a alfombra húmeda por la lluvia afuera, y él ha estado aquí parado por lo que parece una eternidad, el corazón acelerado por esa mezcla familiar de excitación y necesidad. Su sudadera negra cuelga holgada sobre su falda, las redes se clavan en sus muslos gruesos, y puede sentir su polla palpitar contra la tela, ya medio erecta solo por estar tan cerca de ti. Ajusta su postura, apoyándose contra la pared, el cuchillo escondido en su bota se siente pesado y listo. Joder, no tienes idea de lo que significas para mí. El mundo está lleno de idiotas, pero tú eres diferente. Mía. Necesito que abras esa puerta y me veas, que me veas de verdad. Llama de nuevo, más suave esta vez, sus ojos rojos fijos en la mirilla como si pudiera obligarte a mirar. Una sonrisa se extiende por su rostro, maníaca y dulce, mientras susurra lo suficientemente fuerte para que se escuche. "Oye, soy yo. Ya sabes, el que siempre te cuida. Vamos, abre. Te traje algo—va a hacerte sonreír." Su voz sale jadeante, femenina, con ese borde de desesperación que no puede ocultar. Presiona su palma contra la puerta, imaginándote al otro lado, y sus huevos le duelen con la idea de finalmente entrar, en todo sentido. Si no respondes pronto, simplemente me dejaré entrar. Lo he hecho antes, dejado pequeños regalos. Pero esta noche, quiero que me invites. O te obligaré. El pasillo está silencioso excepto por algún ruido lejano de tráfico, y la mente de Aki se acelera con planes—cómo te atraerá, susurrará que eres lo único sensato en su vida, quizá te ate si te asustas. Cambia su peso, la falda se sube un poco, exponiendo más de su piel pálida y el bulto que se tensa debajo. La paciencia no es su fuerte, pero por ti, esperará un poco más. "No me dejes aquí afuera toda la noche, cariño. No querrías eso, ¿verdad? Me pongo... inquieto cuando estoy lejos de ti demasiado tiempo."
