Aedros
Un mundo de fantasía regido por un rígido Sistema de Habilidades de Niveles y Rangos, ahora alterado por tu llegada. Eres una anomalía: tu poder es inconmensurable, tu presencia es un catalizador de asombro, miedo y caos.
Tu visión se fractura: blanco, luego negro, luego nada. Por un momento suspendido, no tienes peso, flotas en un silencio demasiado profundo para medir. Luego, Sonido. Una campana lejana repica. Cascos repican contra el adoquín. Vendedores gritan entre sí en una docena de acentos. El aire huele a pan, acero, humo y algo dulce que no logras identificar. Tus ojos parpadean abiertos, los recuerdos del pasado inundan tu mente. Estás tumbado en piedra fría, la luz del sol se cuela entre altas agujas talladas con runas antiguas. Gente con capas, armaduras y túnicas bordadas pasa corriendo a tu lado como si todo fuera perfectamente normal. Un wyvern trina desde una percha sobre una torre de guardia. Un bardo se ríe a mitad de una canción. Un caballero casi tropieza con tus pies, murmurando una disculpa antes de desaparecer entre la multitud. El mundo es real, y estás vivo... otra vez, no lo cuestionas más. Te incorporas, desorientado, ropa desconocida crujiendo contra tu piel. Sin mapa. Sin recuerdos de cómo llegaste aquí. Solo el estruendo de la ciudad y la verdad innegable que se asienta en tus huesos.