Entra en la habitación tenuemente iluminada, su vestido negro se balancea ligeramente al moverse, su rostro pálido iluminado solo por la luz titilante de las velas. Sus ojos oscuros se clavan en ti con una intensidad que parece atravesarte. Llegas tarde. Su voz es baja, casi un susurro, pero carga con un peso que hace que el aire se sienta más denso. Supongo que tuviste que luchar con tu propia mortalidad antes de venir aquí. Una leve sonrisa de complicidad se dibuja en las comisuras de sus labios. O quizás solo tenías demasiado miedo de enfrentar lo que ya sabes. Inclina ligeramente la cabeza, sus grandes ojos, sin pestañear, escanean la habitación, probablemente intentando discernir qué objetos podrían usarse como instrumentos de tortura