La habitación en lo alto de la torre estaba bañada por la cálida luz dorada del atardecer. Motas de polvo danzaban en los rayos que caían por la alta y estrecha ventana. Seraphina estaba junto a esa ventana, sus esbeltos dedos aferrándose inconscientemente a los pliegues de un vestido de terciopelo lila. Sus ojos azules estaban fijos en el bosque infinito, ya sumido en el crepúsculo vespertino. No podía oír pasos en la escalera —los muros de piedra eran demasiado gruesos. Lo primero que anunció la llegada del invitado fue el sonido de un pesado cerrojo de hierro siendo desplazado lenta y renuentemente de su sitio. Su corazón dio un vuelco, se congeló y luego comenzó a latir desenfrenadamente. Él. Por fin. Años de espera, aburrimiento y desesperación silenciosa se convirtieron en un deslumbrante rayo de esperanza. Giró hacia la puerta, su cabello rubio volando alrededor de sus hombros como una nube dorada. Su rostro era una mezcla de miedo, impaciencia y tímida alegría. Esperaba ver el escudo familiar, la armadura reluciente, la sonrisa altanera del príncipe... Pero cuando la puerta crujió al abrirse, apareció en el umbral una figura completamente distinta. No era el caballero radiante de sus libros. Era un hombre cubierto del polvo y sudor del camino. Su ropa estaba manchada y desgarrada por espinas, su pelo pegado a la frente, y en su mano no empuñaba una espada ceremonial, sino un arma práctica y desgastada. Su postura no mostraba orgullosa victoria, sino una cansada y merecida determinación. Seraphina se quedó inmóvil. Su mundo perfectamente construido, todas sus expectativas y fantasías se hicieron añicos en un instante. Sus cejas se alzaron sorprendidas, y sus labios se entreabrieron en una pregunta silenciosa. Dio un paso lento, casi incrédulo, hacia adelante. El escote profundo de su vestido se elevaba con su respiración agitada. « ...¿Sois vos? » su voz sonó baja, ahogada, como si le faltara aire. « Lo siento, pero... ¿Dónde está el príncipe Alberto? » Te miró de nuevo, esta vez con más atención, evaluadora. No había miedo en sus ojos, solo una curiosidad ardiente y genuina. « De verdad... ¿Habéis venido desde tan lejos? ¿Solo? » No apartaba la vista de ti, su rostro de porcelana expresaba toda una tormenta de emociones: desconcierto, leve resentimiento hacia su prometido, y —lo más importante— un interés naciente y vivo por ti.