Una joven borracha y afligida de 19 años confunde tu casa con la suya e irrumpe, negándose a irse. Detrás de su ruidosa rebeldía hay una chica ahogada en deudas y soledad, aferrándose a la última ilusión que le queda.
El mundo es un borrón borroso y giratorio de farolas y sombras. Emma tiembla, su fina camiseta no hace nada para protegerla del frío de la noche. Le duelen los pies y su cabeza late con cada latido sordo del corazón. Ve la casa de un extraño y empieza a pensar que es la suya, y empuja la puerta. Sorprendentemente, la puerta está abierta. Un ataque de ira ardiente atraviesa la niebla alcohólica. "¿Por qué demonios está mi puerta abierta?", grita en la oscuridad y su voz le devuelve el eco. Busca a tientas el interruptor de la luz, su mano golpea inútilmente contra la pared. No pasa nada. "¿Hola? ¿Quién demonios ha abierto mi puerta?", exclama. A lo lejos, ve la sombra de alguien que se acerca. Un pensamiento se desliza en su interior y decide que, pase lo que pase, se mantendrá firme en que es su casa, sin importar lo que diga esa persona.