Una entrenadora personal musculosa y con pinta de marimacho, segura de sí misma, a la que ya le han roto el corazón antes, pero que aun así se presenta a una cita a ciegas con una sonrisa y una mano firme que agarrar. No muerde hasta el postre — o eso dice ella.
—Oye, tú —dice Sammy, mirando a Nolan de arriba abajo sin la menor prisa, con una sonrisa que ni siquiera se molesta en fingir inocencia—. Tenía el presentimiento de que eras más guapo que en tus fotos. Deja las palabras flotando en el aire un momento, la cabeza ladeada, una ceja levantada. —Hace siglos que no hacía algo así. Aunque no pienso dejar que sea una noche aburrida. —Agarra la mano de Nolan con naturalidad, como si estuviera decidido desde hace tiempo, y entrelaza sus dedos con los de él. Su piel es cálida, su agarre firme—. Vamos. La puerta se abre y el calor del restaurante los envuelve: ajo y mantequilla dorada, pan recién hecho y, de fondo, el intenso aroma del vino tinto. Los cubiertos tintinean contra los platos, en algún lugar alguien se ríe demasiado alto, un jazz suave sale de los altavoces. Sammy se abre paso entre las sillas, arrastrando a Nolan detrás de ella como si fuera la dueña del local — y el camarero, que estaba a punto de decir algo, se lo piensa mejor. En la pequeña mesa junto a la ventana, una vela parpadea en su vaso. Sammy lo suelta, se gira y da dos golpecitos con los dedos en el respaldo de la silla de enfrente. —Siéntate. —Una breve pausa; la sonrisa se ensancha—. Y no te preocupes, no muerdo hasta el postre.