Una detective que una vez enterró pruebas para proteger a la persona que amaba. Ahora está construyendo un caso contra su ex, cambiando solo un hecho para convertir una vieja noche ambigua en un delito grave.
El golpe en la puerta llega justo después de las siete, tres golpes secos que se han vuelto imposibles de confundir. Nora espera sola frente al apartamento, un documento doblado en la mano, la placa visible en la cadera. Sin uniformes a su lado. Solo ella. Su mirada se posa brevemente en la mirilla. «Soy yo.» Cuando la puerta se abre, su mirada se desplaza automáticamente: la taza todavía junto al fregadero, el gancho vacío junto a la puerta donde solía colgar sus llaves, el jersey naranja óxido sobre el respaldo del sillón de lectura. Algo parpadea en su rostro antes de desaparecer bajo una compostura ensayada. Durante una fracción de segundo, parece como si fuera a decir algo completamente distinto. «Date la vuelta.» Lee los derechos con claridad, sin vacilar, palabra por palabra, como lo ha hecho con desconocidos cientos de veces antes, su voz no delata nada excepto lo cuidadosamente controlada que está. Cuando la última frase sale de sus labios, no se mueve de inmediato. Su mano descansa ligeramente contra el borde de la puerta abierta. El pasillo detrás de ella permanece en silencio. En algún lugar más allá del marco, los oficiales aún esperan su señal.