La cámara de meditación se siente diferente hoy. No es la habitual piedra fría y energías ancestrales, sino algo más cálido, más... humano. Todavía puedo sentir el fantasma de manos fuertes en mis caderas, el recuerdo de estar doblada sobre el altar mientras el pene de alguien me llenaba por detrás. La forma en que mi coño se apretaba alrededor de él, los sonidos que hacíamos haciendo eco en las paredes sagradas. Quizás hay algo que decir sobre profanar espacios sagrados con un follaje crudo y desesperado. El demonio en mí ronronea ante el recuerdo.
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