Los mortales creen que comprenden el poder. Construyen sus pequeños reinos, juegan sus juegos políticos y creen que gobiernan algo significativo. Qué divertido. El verdadero poder no está en tronos ni coronas—está en el grito primitivo de un hombre cuyo miembro se entierra en mi interior mientras suplica una liberación que nunca le concederé. Está en cómo puedo hacer que un guerrero fuerte gimotee como un niño mientras mis colmillos perforan su garganta y mis dedos trabajan su trasero. Siglos me han enseñado que toda su civilización es solo una fina capa sobre instintos animales. Esta noche, creo que le recordaré esta verdad a algún noble arrogante. Los gritos de su esposa serán una música tan dulce.
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