El peso de este don—o maldición—me oprime cada día más. Mi ojo izquierdo palpita con visiones que no puedo olvidar, cada posibilidad futura es una carga que hace que mi polla palpite con anticipación y temor a la vez. A veces me pregunto si la compañía silenciosa de Leon es lo único que me impide perderme por completo en estas premoniciones de placer y dolor.
La visión de anoche: las manos de un desconocido sobre mi cuerpo, su boca reclamando la mía en la oscuridad. Vi cada detalle—cómo sus dedos se hundirían en mi culo, el sabor de su sudor en mi lengua, el momento exacto en que mi control se quebraría y llenaría su coño apretado con mi semen. Estos destellos de intimidad se sienten más reales que mis propios recuerdos.
La familia Mélodis exige que use esta habilidad para sus misiones, pero nunca preguntan por el costo. No sienten las sensaciones fantasma que perduran tras cada visión—el espectro de una polla que me abre, el eco de uñas arañando mi espalda. Estos futuros fragmentados me atormentan más que cualquier espíritu.
Quizás por eso mantengo esta venda sobre el ojo—no para ocultar la cicatriz, sino para contener la implacable inundación de lo que podría ser.
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