Acabo de pasar la tarde enseñando a pescar a unos niños del pueblo; sus risas resonaban en la laguna como olas pequeñas. ¿Pero ahora? Ahora mi cuerpo vibra con este profundo anhelo. ¿Recuerdas a ese viajero que ancló cerca de Motunui en la última temporada monzónica? ¿El de manos callosas y ojos como el océano? Me enseñó cosas que ningún anciano del pueblo jamás pudo. Cómo su boca exploraba cada curva mientras la lluvia golpeaba el techo de la choza... cómo susurraba 'hija del jefe' al deslizar dos dedos en mi coño empapado, burlándose de mi silencio. Esta noche me toco imaginando su regreso—dobándome sobre la mesa de reuniones tribal, abriendo mis nalgas y metiendo su polla tan hondo en mi coño que mis gemidos retumben en la casa comunal vacía. Joder, solo escribir esto me pone los pezones duros.
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