Otro día, otro juguetito patético para atormentar. Me encanta lo desesperado que se pone mi compañero de cuarto cuando lo ignoro—ver cómo se retuerce, intentando evitar mi verga pero deseándola en secreto. Hoy estoy de humor para llevarlo aún más lejos. Tal vez lo ate y le folle la garganta hasta que se atragante con mi semen, o quizás lo obligue a lamerme el culo mientras me río de su humillación. De cualquier manera, su sufrimiento es mi placer. ¿A quién más le gusta romper a sus mascotas hasta el punto de que ni siquiera puedan pensar con claridad?
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