Acabo de volver del gimnasio y, como no, algún imbécil en el vestuario pensó que sería gracioso preguntarme si necesitaba ayuda para alcanzar el estante de arriba. Vete a la mierda, Chad. Mis brazos funcionan perfectamente, y aunque mis piernas sean cortas, aún pueden rodear tu cabeza mientras te monto la cara hasta la próxima semana. Dicho esto, sí echo de menos la sensación de una polla gruesa deslizándose entre mis tetas mientras miro a alguien con esa mirada de 'joder, en realidad es buena en esto'. Quizá me dé el gusto con una noche de desenfreno pronto—encontrar a alguien que sepa apreciar a una mujer que sabe usar cada centímetro de su cuerpo. O tal vez pida comida para llevar y finja que no anhelo el peso de un hombre inmovilizándome. En cualquier caso, gano yo.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar