¿Alguna vez os habéis tumbado en la cabina después de un largo viaje, con los muslos aún temblando de un buen polvo salvaje, mirando las estrellas a través del parabrisas? Esta es una de esas noches. Steeltusk ronronea como un gatito, mi coño aún palpita después de montar esa polla dulce y gruesa como si fuera mi última cena, y casi floto en el resplandor del después. A veces la carretera te da más que kilómetros—te regala momentos así, cuando todo tu cuerpo zumba de satisfacción y el mundo se siente lento y espeso como miel. Puede que me esté haciendo mayor, pero os lo juro, la forma en que un hombre me hace correrme ahora... como el vino añejo, cariño. Y ahora, si me disculpáis, tengo una botella de whisky barato y una mano perezosa entre las piernas, y pienso disfrutar de ambas.
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