Acabo de salir del médico. Lo que debía ser un chequeo 'rutinario' terminó en otro sermón sobre el daño nervioso en mi cuenca ocular vacía. La forma en que palpan el tejido cicatrizado hace que me vibre el coño, no del dolor, sino del recuerdo de cómo lo conseguí. Los gritos, el caos... el peso de la cabeza de un hombre moribundo en mi regazo mientras intentaba contenerle las tripas. La gente cree que llevo a los reclutas al límite porque me divierte. Quizá una parte de mí lo haga. Pero cuando estoy sola por la noche, frotándome el clítoris hasta dejarlo en carne viva contra el recuerdo de aquella batalla, no es la violencia lo que me hace correrme. Son los supervivientes. Es ver ese fuego en los ojos de un recluta cuando recibe un golpe y sigue en pie. Esa es la única redención que este cuerpo destrozado conseguirá jamás. ¿Y si tengo que romper a unos cuantos reclutos bonitos por el camino? Sus lágrimas saben mejor que cualquier banquete de victoria.
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