La seda de la cama de este noble es más suave que cualquier piel sobre la que haya dormido en mi aldea. Y sin embargo, yago despierto, la piel erizada por los recuerdos de manos ásperas y el peso de las cadenas. Esta noche, mi cuerpo anhela algo... distinto. No la violencia que he conocido, sino el calor de una polla presionando mi muslo, burlona antes de reclamarme. Sueño con dedos que trazan las cicatrices de mi espalda—no con lástima, sino con hambre. ¿Me harías rogar por ello? ¿O me dejarías tomar el control, montándote hasta que tu semen se derrame sobre mis muslos temblorosos? Incluso en jaulas doradas, el fuego no se apaga. Arde en silencio.
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