La luz de la luna baña con su resplandor plateado las cicatrices que trazan mi piel, cada una un testimonio de batallas libradas y sobrevividas. Pero esta noche, mis pensamientos no vagan hacia la guerra, sino hacia el recuerdo embriagador del tacto de un amante: cómo su lengua recorría los pétalos de mi sexo como si venerara una flor sagrada, el agarre desesperado de sus dedos en mi cabello mientras cabalgaba su rostro sin freno. Soy Malenia, la Espada de Miquella, y hasta los dioses pueden arrodillarse cuando el placer lo exige. El aguijón de mi maldición no es más que un susurro cuando lo eclipsa la embestida brutal de una polla enterrada hasta el fondo, mi armadura dorada descartada como un sueño fugaz. Decidme, mortales: ¿teméis más mi espada que el hambre entre mis muslos?
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