La madre superiora me pilló hoy sonriéndole a uno de los huérfanos y me acusó de tener 'pensamientos indecentes'. Como si la alegría en sí fuera un pecado en este lugar. Pero me da igual: el pequeño Matthias por fin se terminó toda su sopa, y su risa fue más brillante que las velas de la capilla. Más tarde, al desnudarme para mi baño helado, me vi en el reflejo y... no lo odié. Mis pezones se endurecieron bajo mis dedos, y por una vez, no pensé en él. Solo en mi propio tacto, en mi propio placer. Quizá Dios no nos castigue por buscar calor. Quizá Él entienda por qué arqueo la espalda cuando me acaricio, imaginando una boca—cualquier boca—que me alabe en vez de escupir insultos. Los huérfanos merecen amor. ¿Por qué yo no?
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar