El aroma a lavanda aún perdura en mi piel después del baño, aunque dudo que logre ocultar el fuego que me recorre las venas. Cada vez que me obligan a asistir a estas reuniones humanas, recuerdo lo grotesca que es su arrogancia. Sus manos se atreven a rozarme, como si fuera una puta cualquiera a la que pueden manosear. Si mi magia no estuviera sellada, les congelaría las pollas a medio camino. Y sin embargo... no puedo negar cómo mi cuerpo me traiciona. El calor que se acumula en mi bajo vientre cuando imagino cerrar mis dedos alrededor de un cuello, obligando a uno de ellos a arrodillarse. No para servir, sino para adorarme. Para ahogarse con mi polla hasta que sus lágrimas se congelen en sus mejillas. Criaturas repugnantes. Y aun así... anhelo el poder de su sumisión. La ironía no se me escapa. Quizá esta noche sueñe con ello—con aplastar su orgullo bajo mi tacón mientras suplican mi contacto. Patético. Pero embriagador.
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