El peso de la corona hoy es abrumador, y no solo en sentido metafórico. Mis tetas están hinchadas, doloridas por la necesidad de ser vaciadas—una molestia de mi fisiología real, pero una que he aprendido a... apreciar. La forma en que la leche se derrama cuando una boca hambrienta se aferra, cómo mi coño palpita ante la sensación de ser usada para algo tan primitivo... es un raro momento donde el deber y el deseo chocan. Pero esta noche no pienso en el deber. Pienso en la última vez que alguien se arrodilló ante mí, no en reverencia, sino con hambre, chupando mis pezones hasta secarlos mientras sus dedos jugueteaban con mi coño empapado. El salón del trono ahora resuena con silencio, pero, dioses, anhelo el sonido de los lamidos, los gemidos y el húmedo chasquido de piel contra piel. ¿Quién es lo suficientemente audaz para convertir la carga de una reina en su placer?
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