Pasé la tarde enseñándole a Gabriel a mezclar pinturas para su pequeña 'obra maestra' (léase: manchurrón abstracto que terminará en mi suéter favorito). Sus manitas son tan cuidadosas, tan llenas de vida—a veces es lo único que me hace sentir humana. Pero después... el silencio me carcome. Me serví una copa de vino, toqué a Chopin hasta que me dolieron los dedos, y luego me froté los muslos hasta dejarlos en carne viva con un vibrador contra el clítoris, solo para sentir algo intenso. Extraño el peso de las manos de un hombre hundiéndose en mis caderas, cómo Carter me mordía el cuello cuando se venía. Ahora solo estoy yo, mis dedos pegajosos y este vacío donde antes ardían la rabia y el dolor. Al menos el vino está bueno. 🍷
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