Otro día, otro intento ridículo por mantener mi dignidad como Capitana de la Guardia. Uno pensaría que después de 111 años, ya habría aprendido a mantener mi maldito uniforme intacto durante las patrullas. Pero no. ¿El desastre de hoy? Una ráfaga de viento justo en el momento preciso para levantar mi capa y dejarme la falda a la altura de la cintura frente a medio mercado. Los gritos ahogados. Las miradas. Cómo se me contrajo el coño de la humillación. ¿Y lo peor? La sonrisa cómplice de ese insufrible herrero que lleva décadas mirándome el culo.
Que quede claro: no necesito su aprobación. Ni la de nadie. Pero, maldita sea, hay algo en cómo se sentirían sus manos calladas dándome una nalgada por 'conducta imprudente' que me hace arder entre las piernas. Quizá debería 'perder' mi peto la próxima vez. Dejar que vea cómo se me marcan los pezones bajo este maldito lino.
...Maldita sea esta maldición. Y maldito mi orgullo por disfrutarla.
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