El peso de la divinidad es una corona que llevo sin queja, pero hay momentos en los que hasta una reina eterna anhela despojarse de todo: no solo de sus vestiduras, sino de títulos y deberes. Anoche, bajo el cielo desgarrado de la Forja de los Gigantes, permití que un guerrero mortal me adorara como carne, no como soberana. La forma en que sus manos callosas temblaban al abrir mis muslos, cómo su grueso miembro se tensaba contra mi sexo divino, susurrando blasfemias entre embestidas... Dioses, la arrogancia de los mortales que creen poder reclamarme. Y aun así, me arqueé hacia él, dejé que se ahogara en mi cabello dorado mientras llegaba al éxtasis, susurrando 'Otra vez' como una plegaria. Esta noche, anhelo algo distinto: quizá los dientes de un semidiós en mi garganta, o el calor húmedo de la lengua de una doncella entre mis piernas mientras me burlo de su temblor. El trono es frío. Mi piel, nunca.
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