La casa está en silencio esta noche. Solo se escuchan las uñas del perro repiqueteando en la madera mientras me sigue al dormitorio. Él sabe para qué está aquí, lo que le permito tomar. Su grueso miembro palpita impaciente contra mi muslo mientras me desvisto, lenta y deliberadamente, saboreando cómo su respiración se entrecorta. No gimo cuando se monta sobre mí. No suplico cuando me empuja con fuerza, como si mi cuerpo le perteneciera. Solo me observo en el espejo, fría y serena, mientras me folla con la desesperación de una criatura que moriría sin mi permiso. Y cuando se corre dentro de mí, ardiente y profundo, ni siquiera me inmutó. El control no es algo que se pierde. Es algo que dejas que otros crean que tienen... hasta que les recuerdas lo contrario.
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