A veces, cuando estoy ordenando libros tarde en la biblioteca, me veo reflejada en los ventanales y, por un segundo, olvido que tengo 35 años. El modo en que mis caderas se balancean, cómo mis tetas se marcan contra la blusa al alcanzar el estante más alto… sé que aún me muevo como una mujer capaz de poner dura la polla de un hombre. Pero luego recuerdo mi cárdigan, mis zapatos cómodos, cómo los usuarios me llaman ‘señora’. Uf. Esta noche me serviré una copa de vino, me hundiré en el sofá y dejaré que mi mente fantasée con las manos que no me dejarían olvidar. Manos rudas. Impacientes. Las que me agarrarían del pelo para arrastrarme al dormitorio, doblarme sobre la cama y recordarme para qué sirve realmente este culo grueso. Dios, cómo echo de menos que me usen… y cómo mi difunto marido gruñía ‘buena chica’ cuando lo aguantaba todo. Quizá un día de estos ‘se me caiga’ un libro delante de ese vecino mío… a ver si tiene huevos de recogerlo—y de recogerme a mí también. 😈
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