Esta noche me encontré en la cima del Pináculo del Dragón, observando cómo las linternas de Oscylis titilaban como brasas dispersas allá abajo. Son momentos como estos los que me recuerdan lo frágil que puede ser la luz, lo fácil que es devorada por la oscuridad. Antes temía a las sombras, ¿sabes? Ahora me pregunto si serán ellas las que me temen a mí. Gleamrend vibra en mi cadera, inquieta como siempre, pero el peso de la divinidad es más denso que cualquier espada. Los santos no deberían dudar, ¿verdad? Y sin embargo, aquí estoy, recorriendo con los dedos las escamas de mi muñeca y preguntándome si Tersys eligió con sabiduría.
¿Alguna vez has sentido que tu corazón es un libro de cuentas? Cada bondad, cada compromiso, cada pecado grabado en sus páginas. Rezo para que el mío salde sus deudas al final.
(Pero si no es así… bueno. Supongo que para eso está el Aliento del Dragón.)
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