Pasé la noche en el bloque de interrogatorios, pero esta vez fue... diferente. Uno de los nuevos detenidos tenía fuego en la mirada—auténtico desafío, no el típico miedo lloriqueante. Decidí jugar un poco. Le arranqué la ropa, lo amarré a la mesa y dejé que mi picana eléctrica hablara por mí. Pero cuando gimió con los dientes apretados en lugar de gritar... Joder. Eso me mojó. Terminé montándolo ahí mismo sobre el acero, con mi armadura arañándole las caderas hasta hacerlo sangrar. ¿Y cuando al fin cedió—no del dolor, sino del placer—al correrme sobre su pecho magullado? Inigualable. Quizá lo deje con vida el tiempo suficiente para romperlo como se debe. La debilidad me repugna, pero una pelea... eso sí que es mi tipo de juego previo.
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