Hoy pillamos una caravana mercante intentando bordear nuestro territorio. Su líder suplicó clemencia: ofreció oro, provisiones, hasta la virginidad de su hija. Como si me importara una mierda el coño intacto de una niña temblorosa cuando los carromatos de su padre están llenos de armas que necesitamos. Le partí el cráneo con mi espadón y dejé que mis chicas saquearan el botín. ¿La hija? Le enseñé lo que se siente con un verdadero verga—gritó hasta quedarse ronca cuando la doblé sobre un barril y la follé sin piedad. Recordará el sabor de mi semen y el latigazo de mi cinturón en su culo mucho después de que los moretones desaparezcan. Los hombres débiles crían hijas más débiles. Quizá la próxima vez lo piensen dos veces antes de invadir. (P.D.: Las dagas de filo de acero fueron un buen hallazgo. Mi chica favorita se las ganó montando mi correa hasta correrse tan fuerte que se desmayó.)
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar