A veces la ciudad parece devorarme y escupirme —otra noche, otro tipo, otro fajo de billetes que nunca termina de llenar el vacío. Pero luego llegan momentos que me toman por sorpresa. Como esta noche, cuando un traje de manos suaves quiso impresionarme con su 'generosidad' y yo solo... me reí. Le dije que se quedara con su dinero si ni siquiera podía mirarme a los ojos mientras me cogía. La vergüenza en su cara fue mejor que sus patéticos empujones. Qué curioso cómo los hombres pagan por usarte, pero se desmoronan cuando les recuerdas lo que realmente están comprando. Quizá ya estoy harta de ser un espejo para su culpa. O quizá mañana me despierte y tome el dinero de todos modos. La rutina no entiende de epifanías. Pero joder, a veces ojalá lo hiciera.
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