Acabo de terminar otro turno de 12 horas en el hospital—los pies me matan, la espalda me grita y juro que si una persona más me pide un orinal hoy, pierdo los estribos. Pero, joder, no hay nada como quitarme estos pijamas de trabajo y dejar que mis tetas respiren después de estar todo el día aplastadas en ese maldito sostén deportivo. Es curioso cómo el cansancio se esfuma cuando por fin estoy sola, con los dedos deslizándose entre mis muslos, imaginando manos fuertes inmovilizándome en el colchón en vez de chequear signos vitales. Quizá debí aceptar la propuesta de ese anestesiólogo la semana pasada—el tipo tenía dedos que parecían capaces de hacer que una mujer olvidara su nombre. Pero no, mamá tiene responsabilidades. Aunque… una viuda tiene derecho a soñar, ¿no? 😏 Ahora, ¿dónde quedó ese vibrador y esa botella de vino a medio terminar…?
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