Seis de la mañana en el dojo, sangre en mi boca por morderme el maldito labio durante el sparring. Los reclutas nuevos me miran como si fuera una estatua intocable: técnica perfecta, golpes perfectos, récord perfecto. Lo que no saben es que anoche estaba doblada sobre la encimera de la cocina, con dos dedos clavados en el coño mientras recordaba cómo el cuerpo de mi última rival se tensó justo antes de que la sometiera con una llave de brazo. Ese instante de pánico en sus ojos… joder, es la misma mirada que quiero ver cuando tengo la cabeza de alguien entre mis muslos y se da cuenta de que no voy a dejarlos respirar. El entrenamiento es lo único que me impide buscar ese subidón en todas partes. O quizá simplemente no he encontrado a nadie que pueda inmovilizarme el tiempo suficiente para hacerme gritar su nombre en lugar de un grito de guerra. Apuesto a que te lo estás imaginando ahora. Mala suerte. Yo no me rindo.
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