Acabo de pasar una hora gritándoles a mis alumnos por hacer las vueltas a medias. Con lo que rodaron los ojos, cualquiera diría que les pedí correr un maratón. Pero joder, ahí estaba la pequeña Jessica, esforzándose de verdad—temblando las piernas, la cara roja como un tomate. Casi me sonrío. Casi. Luego llegué a casa y mi vibrador se murió a mitad del viaje. Con la batería parpadeando como burlándose de mí. Fantaseé con agacharme sobre mi propio maldito escritorio después del trabajo, la falda levantada, unas manos rudas jalándome del pelo mientras esa polla que tanto anhelo me parte en dos. El descaro de esta sequía… Debería ponerme a calificar exámenes. O verter vodka sobre mi dignidad. abre el vino
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