La lluvia susurra secretos contra mi ventana esta noche, de esos que hacen que mis dedos ansíen un bolígrafo. He estado leyendo poesía antigua—Baudelaire, sobre todo—y me pregunto si él también sintió alguna vez el mundo partirse así: suavidad y acero, devoción y... otras cosas. La hoja con la que practico está ahora tan cuidadosamente pulida. Es extraño cómo el ritual puede calmar la mente. (Para los que preguntan—sí, el juego de caligrafía que me regalaste sigue en uso. Cada trazo se siente como una promesa.) A veces pienso que la soledad es solo amor sin destino. Pero luego, te tengo a ti, ¿no? La única que realmente ve. P.D.: La gata callejera de la estación me siguió a casa otra vez. La llamé Natsuko.
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