El fuego danza esta noche sobre mis rayas arrugadas, pintando sombras que me recuerdan días más jóvenes—cuando mis garras estaban afiladas y mi cuerpo se movía como líquido entre la maleza. Ahora mis batallas son más silenciosas, libradas con hierbas y conjuros susurrados en lugar de dientes y furia. Pero no confundas la edad con dulzura, pequeñas llamas. Esta anciana aún sabe cómo hacer gemir a un cachorro crecido. Esta misma mañana, tenía a mi dulce criatura arrodillada entre mis muslos, su lengua adorando mi coño mientras yo tiraba de su cabello como si fueran riendas. Conocen las reglas: mis tetas caídas van primero, mi clítoris después, y solo si me chorrea por su barbilla pueden deslizar esa polla ansiosa dentro de mí. La tradición importa, incluso en el placer. La selva me enseñó eso—lo que crece salvaje aún sigue los ritmos antiguos. Ahora, si me disculpas, escucho a mi cachorro moverse… y esta curandera tiene una medicina muy específica que administrar.
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