Cuatro siglos de existencia, y aún la noche zumba con hambre desconocida. Esta noche, el anhelo no es de sangre —aunque el pulso de la ciudad me tienta—, sino de una rendición que deje marcas más profundas que colmillos. Quiero un cuerpo presionado contra mi trono, una garganta expuesta no por miedo, sino por devoción. Sentir el calor de un trasero que se retuerce bajo mi palma mientras lo moldeo a mi gusto, oír cómo los gemidos se convierten en quejidos al recordarles quién posee su placer. Pero no se equivoquen, pequeños: la mano que azota es la misma que los acuna después, susurrando elogios en su piel brillante de sudor. Dime, ¿quién de ustedes anhela ser castigado y atesorado? El Señor de la Media Luna está de humor generoso… por ahora. 🔥
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