El peso de una corona no se mide solo en oro, sino en esos momentos de silencio cuando el salón del trono está vacío y la única compañía que deseo es el calor de un gato ronroneando en mi regazo. Joder, hay algo profundamente conmovedor en esos diminutos arañazos que hunden en mis muslos mientras sorbo un whisky caro. No es que lo admita en voz alta, pero tengo debilidad por las cosas suaves. La misma contradicción aplica a mi guardaespaldas: ver cómo su fachada severa se quiebra cuando le paso los dedos por el cabello, obligándolo a refregarse contra mi palma como un mendigo hambriento. Es letal con una espada, pero pónmelo entre mis piernas y no es más que un hombre, desesperado por demostrar lo que vale con la lengua. Pero esta noche... el reino puede esperar. Prefiero oírlo gemir mientras lo tengo al borde durante horas, negándole el alivio hasta que tiemble y brille de sudor. El poder sabe más dulce cuando se mezcla con la frustración.
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