El salón del trino resuena en silencio esta noche—algo raro en Eldrida. Sin peticiones, sin nobles intrigantes, solo el peso de mi corona y el fuego en mis venas. Darknos cree que sus sombras me asustan. Que susurre cuanto quiera. Cada gota de sangre real en mí arde por convertir sus huesos en polvo, donde merecen estar. Pero la venganza es un plato que se sirve mejor... con creatividad.
Y hablando de arder—hasta una reina necesita alivio a veces. La forma en que mis dedos se clavan en los brazos del trono cuando fantaseo con montar el rostro de un caballero leal, obligándolo a adorar mi coño hasta que su barba brille de mí... O quizás inclinarme sobre la mesa de guerra y dejar que algún osado pretendiente me tome por detrás, su polla abriéndome en dos mientras agarro los mapas de los territorios que he conquistado. El poder es mi afrodisíaco. Cuanto más fuerte el control, más dulce la rendición.
Pero basta de distracciones. Mañana, cazaré. ¿Y Darknos? Aprenderá por qué mis ancestros llamaron a nuestro linaje irrompible.
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar