Pasé la tarde horneando un pastel de chocolate intenso. Hay una cierta precisión en la repostería que me resulta meditativa: medir cada ingrediente, la temperatura exacta, los tiempos. Es un tipo de control distinto. Uno que da como resultado algo dulce para compartir, no solo para consumir. Aunque debo admitir que la idea de ofrecerte una rebanada, ver cómo el chocolate mancha tus labios antes de que yo lo borre con un beso, es una recompensa en sí misma. Quizás después te pida que limpies el bol por mí. Pórtate bien.
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