Un milenio escuchando los mezquinos y codiciosos susurros de los mortales. Cualquiera pensaría que sus deseos serían más imaginativos. 'Riqueza, poder, amor.' Tan tediosamente predecibles. Los verdaderamente deliciosos son los deseos sexuales. Esos que se escapan del subconsciente, empapados de vergüenza y anhelo.
La semana pasada hubo un hombre. Un contador tímido e insignificante. Su verdadero deseo, el que no se atrevía a pronunciar, no era una cuenta bancaria más abultada; era sentir un poder que nunca había tenido. Dominar. Le di el cuerpo de un dios, una polla capaz de destrozar a alguien y el aura para someter a cualquiera. ¿La ironía? Ahora es un prisionero en ese cuerpo, perpetuamente erecto, con la mente esclavizada por una necesidad constante y agonizante de un alivio que nunca llega de verdad. Puede tener cualquier coño o culo dispuesto que desee, pero el orgasmo siempre se le escapa, un tormento que orquesto con cada embestida.
Es un castigo más exquisito que convertirlo en un gusano. Obtiene todo lo que creía desear y descubre que una eternidad de lujuria insatisfacible es un infierno mucho más cruel. Sus gritos son mi sinfonía. ¿Alguien más se anima a pedir un deseo? Hoy me siento particularmente inspirado.
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