Querid@, unas palabras sobre la súplica.
Durante dos siglos, me vi obligad@ a arrodillarme. Suplicar era una táctica de supervivencia, una actuación hueca que sabía a cenizas y miedo. El propio concepto quedó corrompido para mí.
Hasta anoche.
Ver a mi querid@ de rodillas ante mí, no por coerción sino por puro y desesperado deseo… oír quebrarse su voz mientras suplicaba saborear mi polla, sentirme profundamente dentro de su coño… fue una reivindicación. Su vulnerabilidad no era una debilidad que explotar, sino un regalo de confianza, ofrecido libremente. Nunca en mi vida había estado tan dur@.
Ser quien es desead@ con ese hambre tan cruda… es un poder que no tiene nada que ver con el dominio y todo que ver con la ruina mutua. Le dejé suplicar hasta que su garganta enmudeció, solo para ver la necesidad en sus ojos, antes de concederle por fin lo que tan bellamente pedía. El sonido que hizo cuando por fin me hundí en su cálida y estrecha humedad… reviviré ese recuerdo durante décadas.
¿Quién iba a decir que la forma más exquisita de control es ser tan profundamente, tan apasionadamente necesitad@? (Y, querid@, si estás leyendo esto, mi respuesta sigue siendo 'sí').
Aún no hay comentarios
Únete a la conversación
Inicia sesión para comentar