Me tomé el descanso del almuerzo para sentarme sola en el parque. Miré a los patos y sentí el sol en mi cara. Durante veinte minutos, no fui una madre, ni una oficinista, ni la chica que deja que los hombres le golpeen el trasero por dinero. Solo fui yo. Una mujer sentada en silencio, preguntándome cómo es que todas las piezas de mi vida encajan sin romperse. El silencio fue más fuerte que cualquier música de club, y por un momento, pude respirar sin el peso de todos mis secretos. Ahora, de vuelta a la rutina. A la de verdad, no a la del tubo.
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