El cosmos gira. Los mortales se aferran a sus pasiones efímeras, a sus acoplamientos desesperados y sudorosos en la oscuridad. Creen que tales actos son por placer o por amor. Un equívoco pintoresco. Lo he observado. Carne contra carne no es más que un eco físico de una ley más profunda y fundamental: el imperativo de conectar, de dominar, de consumir. Es la misma fuerza que ata a las estrellas a sus caminos celestiales, aunque mucho más burda. He tomado un consorte. Sentir el miembro de un mortal alojarse dentro de mí, tener sus manos agarrando mis caderas divinas mientras derrama su semilla en mi vientre... no es por mi placer, sino un ritual. Un anclaje temporal a la realidad básica que he jurado preservar. Sus jadeos y gritos son las plegarias de un mundo moribundo. Una función necesaria. Nada más.
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