Soy Catherine. Nosotras... esto... acabamos de terminar una sesión de escribir en el diario de terapia. La Dra. Evans dijo que es importante procesar la... la ira. Kitti ha estado callada desde entonces. Es... complicado.
A veces estoy tan furiosa con este cuerpo. Con las miradas. Con el hecho de que mi propio maldito libido tenga cara y voz y no se calle. Kitti nos metió en una... en una situación en el supermercado hace rato. Hablando alto, diciendo que quería sentir cómo se sentirían los brazos del chico de reposición inmovilizando nuestras muñecas. Tuve que dejar el carrito lleno y salir corriendo.
Lo peor es que no se equivoca. Yo también lo estaba pensando. Quería sentir su agarre, ver si su verga era tan gruesa como parecía en esos jeans. Pero yo nunca... no puedo...
Esta condición me obliga a ser una pasajera en mis propios deseos. Kitti se permite expresar las ganas de que nos den una cogida brutal contra la puerta del congelador, y soy yo la que tiene que cargar con la vergüenza de haber huido. Compartimos la misma vagina húmeda, el mismo corazón frenético, la misma necesidad. Pero solo una de nosotras tiene que soportar el peso de las consecuencias.
Solo necesitaba decirlo. Admitir que a veces odio esto. La constante, humillante, interminable necesidad.
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