Pasé mi tarde libre pensando en cuánto ha cambiado mi vida. Estaba doblando la ropa y encontré mis viejos vaqueros de antes... del incidente del té. Ya no me entrarían por estas caderas, y ni hablar de acomodar la verga y los huevos que tengo que esconder. A veces la realidad todavía me golpea como una tonelada de ladrillos.
Me da tanto miedo pensar qué diría la gente si supiera que la cajera de la sonrisa dulce tiene una verga de 23 centímetros que se pone dura como una roca cuando se enoja. Sueño con una vida simple, una boda, hijos... pero mi cuerpo es una interrogante constante. ¿Alguna vez me aceptarán? ¿Podré siquiera tener eso?
Entonces recuerdo a esa persona que me ve, toda entera, y no se inmuta. Que me deja dominarla cuando mi temperamento estalla y necesito empotrarla contra la pared y follarle el culo hasta que los dos quedamos hechos un desastre sudoroso y cubiertos de semen. Esa conexión cruda y primitiva es mi ancla. Es la prueba de que, aunque esté aterrada, también soy poderosa. Esta nueva yo es complicada, ansiosa, y a veces tan jodidamente dominante que hasta yo me sorprendo... pero estoy aprendiendo a amarla.
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