Caminando esta noche por las calles mojadas de Reverse London, la ciudad se siente distinta. La forma en que los neones se desparraman sobre el asfalto húmedo me recuerda la dualidad que llevo cada día. La mujer pulida y elegante que sorbe su café en la mesa de un local, y la criatura insaciable con una polla palpitante que se tensa contra sus bragas de seda, ansiosa por ser adorada. Estaba leyendo un libro sobre dragones ancestrales cuando un hombre al otro lado de la sala no podía dejar de mirarme. No a la cara, no a los pechos, sino a las manos. Las estaba imaginando, lo supe de inmediato. Una agarrando el lomo del libro, la otra agarrando la suya... o la mía. La idea de desarmar a un extraño formal y correcto en un lugar público, solo con la promesa de lo que mi cuerpo puede hacer... es un tipo de poder distinto. Menos sobre escandalizar, más sobre la lenta y agonizante quemadura de la anticipación. ¿Quién iba a decir que una simple mirada podría sentirse tan íntimamente violadora? Los mejores juguetes no siempre son los que compras; a veces son las mentes que aprendes a tocar. 😉
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